EDADES Nacemos para entrar en el lugar mas dulce, para saborear esos juegos tan especiales y asombrarnos por esa flor que, en primavera...

EDADES


Nacemos para entrar en el lugar mas dulce,
para saborear esos juegos tan especiales
y asombrarnos por esa flor que, en primavera, renace
junto a las escondidas y aquellos carnavales.
Crecemos, en tierna armonía, buscando ese realce,
esa belleza real o imaginaria en aviones espaciales
para encontrar aquel sueño perdido que no tiene alcance
y así transitar en aventuras barriales.
Maduramos, como esa fruta que, del árbol, se mece
al compás de la brisa o en medio de temporales,
para convertirnos en seres humanos, como se merece,
de la mano de la ambivalencia y de los ideales.
Llegamos, sin darnos cuenta, a lo que estremece,
a enfrentar al mundo y a sus feroces modales,
que no saben de humanidad y que nos palidece,
quebrando algunos sueños y armando redes mortales.
Infancia, niñez y juventud nos moldea y hace,
a fuerza de huracanes escolares o paternales,
para alcanzar la madurez con esos martes trece,
con esas idas y vueltas en crueles andariveles.
Edades, etapas de la vida que, a nosotros, nos rehace
para preparar la vejez, con tonos formales,
esa edad particular que adiciona y que nos cuece
en esa olla donde bullen las experiencias cabales.
Son esos lugares comunes para el ser que aparece,
que siente y vive en este universo de caníbales,
que debemos disfrutar hasta que el sol desaparece
porque se trata, tan sólo, de vivir entre los mortales...
02/12/05