De 1976 a 1983 No fue la mejor etapa de mi vida. Ni siquiera la añoro. Pero tampoco puedo olvidarla tan fácilmente, porque fue crecer de golpe, en forma r...

De 1976 a 1983

entrada vieytes 2No fue la mejor etapa de mi vida. Ni siquiera la añoro. Pero tampoco puedo olvidarla tan fácilmente, porque fue crecer de golpe, en forma repentina, sin tener tiempo para asimilar lo que se vivía.

La secundaria en el "Hipólito Vieytes", como se estilaba en la época, tuvo ribetes militares. Saco azul, camisa celeste, corbata azul y pantalón gris era el uniforme obligatorio. Y el escudo del colegio, por si acaso nos necesitaban identificar junto al carné escolar que nos daban. Seguía el viejo saludo hitleriano en cada formación al ingreso del turno. Y cuando nos íbamos.

Por eso envidio a la juventud de hoy. Tuvo las oportunidades que no tuve en aquel entonces. Envidia sana, entiéndase... Porque no tienen que saludar al mejor estilo militar a las y los profes, porque pueden reclamar y luchar por sus derechos, y porque pueden proponer actividades que les interesa.

El Vieytes todavía era de varones. Algunos correteaban a las pibas del Santa Brígida o del Regina Captivorum y los más osados, a las del Santa Rosa o las del Gabriela Mistral. Y era común hacer los "asaltos", las fiestas en la casa de algún compañero o de alguna compañera que se animaba a hacerlos. Por lo bajo, era escuchar a Sui Géneris; en mi caso, a Serrat con grabaciones que me hacía un viejo amigo en la Avenida Corrientes.

Nunca fuí a boliches. Lo que me contaban era suficiente. Además, los recuerdos bullían fuerte y eso me impedía concurrir a ese tipo de espacios. Me pasa aún hoy, cuando visito a algunos amigos que trabajan por la noche.

La vida me dió y me arrebató una compañera. No militaba en ninguna parte. Pero la hicieron partir de repente. Era lujo y vulgaridad, como cantan Los Redonditos de Ricota. Y eso me marcó para siempre.

Pero también lo fue Malvinas. Tenía un compañero llamado Eduardo Elvio Araujo. Un rolinga. Que no se andaba con vueltas. Un patriota que, por lo bajo, ansiaba combatir en las islas cuando nos enteramos que se venía el 2 de abril. En 1980 y a fines de 1981, comenzamos a recibir la información que se venía la recuperación de las hermanitas perdidas.

Recién supe en 1986 que había caído en la batalla de Monte Longdom, gracias a una publicación de la Revista Noticias. Cuando ví la foto no tuve dudas. Todavía el colegio no se animó a hacer memoria. Apenas la hicieron por la Promoción de 1971, gracias a los compañeros de Página 12, pero todavía falta hacer mucho más.

Pese a los rezongos de mi madre, largué la Iglesia, luego de haber visto el reparto de la mejor ropa por parte de algunas y algunos miembros de Cáritas. De caritativos no tenían nada. Eso, sin contar el prejuicio porque ya usaba un audífono. Así es la Iglesia. La misma que aún niega los sacramentos a las y los pibes con Síndrome de Down, salvo que algún cura que toma el coraje de hacerlo.

El ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas era un mandato obligado por mi formación. Era lo lógico, pero no se correspondía con lo que sentía. Durante toda la secundaria, dí clases particulares de contabilidad, historia y educación cívica. Por supuesto, desechando las imposiciones del Proceso. Compañeros, amigos y amigos de amigos fueron mis estudiantes. Solamente unos cuantos años después, ingresaría al Joaquín.

Pero la UBA me permitió releer algunas cosas y encontrar otras. Una de ellas, "El Capital", de Marx. O leer a un gramsciano como Portantiero y tener a un docente como Jorge María Ramallo, discípulo de Juan Carlos Romero. Era mi primera aproximación a la economía y a la política.

1983 fue un año especial. La efervescencia democrática me apabulló y me encontró celebrando en Parque Centenario. Después vendría la decepción, con la Obediencia Debida y el Punto Final tras el Juicio a las Juntas, mientras comenzaba a descubrir (aunque algo ya sabía) del horror de la dictadura.

Mientras tanto, la salud de mi padre no era la mejor. La mía, tampoco. Dos operaciones en 1981 habían recuperado dos oídos pero ellos se negaron a seguir al poco tiempo. No faltaría mucho para que volviera a usar dos audífonos.

Nadie me tomaba. No me daba cuenta que era por mi baja audición. Pero pude entrar al Club Ferro Carril Oeste como control en los partidos de fútbol, luego de haber trabajado durante el histórico recital de Charly García en 1982.

Otra etapa se abriría en años posteriores, pero eso será para la próxima...