El dolor de ya no ser Nunca lo pensé y menos aún, lo imaginé. Soñaba con retirarme de la docencia envuelto en la euforia de un aula, acompañado de viejos y nuevo...

El dolor de ya no ser

abismo

Nunca lo pensé y menos aún, lo imaginé. Soñaba con retirarme de la docencia envuelto en la euforia de un aula, acompañado de viejos y nuevos estudiantes como también colegas, para hacer honor a mi sangre teñida de tiza y pizarrón. No era mucho pedir para alguien que, pese a su discapacidad auditiva, demostró que se puede pese a la oposición de muchas y muchos en este largo camino.

Si bien viví acelerado, corriendo contra el tiempo y sin darme descanso alguno, mi cuerpo y alma hace tres años dijeron basta, hasta acá llegaste... Casi no lo cuento. Amigos y compañeros como Alfredo Grande y Norberto Ganci pusieron su granito de arena para que todavía me encuentre en este mundo problemático y febril. Desde luego, eternamente agradecido a ambos.

Intenté recuperarme. No fue ni será fácil. Al menos puedo escribir, que no es poca cosa. Pero todo cambió este año. Volví a los colegios pero nada fue igual. Caminar por los pasillos y ver las aulas con las y los pibes junto a sus profes me llenó de angustia. De bronca. De impotencia. De tomar conciencia, de golpe y porrazo, que no podía volver.

El pasado 17 de septiembre fue el peor día de mi vida. Me acosaba el dolor de ya no ser el que era. El docente que daba clases, aún enfermo y corriendo para llegar a tiempo. Sin dudas, me dí cuenta que me llegaba la hora del retiro obligado aunque la impotencia me invadía. Ocurre que la savia docente sigue en mí como el primer día.

Para un docente de cuerpo y alma resulta insoportable estar fuera del aula. Es una sensación que no se la deseo a nadie. Ni siquiera al peor enemigo. Y por más que me prometan otros roles, sé que no será lo mismo. O como me decía el compañero y amigo Oscar Ciancio, un gran militante de la desmanicomialización, que hay otras formas de hacer docencia. O la caricia en el alma de afirmar "gracias por enseñarnos tanto" de la compañera y amiga Natalia Vinelli al publicar y etiquetarme en el video del programa especial de Incluyendo por las elecciones del próximo domingo.

Sin embargo, soy consciente que este dolor tardará en irse. No sé como, ni cuando. Porque el sistema educativo formal no contempla casos como el mío. Porque no me dejaron llegar al nivel terciario, al concursar por una cátedra de Derechos Humanos en el Joaquín V. González, para darle lugar a un egresado de la Universidad del Salvador en vez de incluir a un egresado con una vasta militancia en esta materia, además de la propia como persona con discapacidad. Porque lo único que me queda, de acuerdo a este sistema que enferma, discapacita y mata, es jubilarme pero tampoco me dejan.

Matar a este dolor de no ser va a ser una lucha permanente en los próximos años. No tengo la misma vitalidad, ni el mismo espíritu con el cual llevaba adelante mis actividades. De allí que parezcan atrasados mis escritos o que no concurra a actividades en donde me gustaría participar. Mi cuerpo es caprichoso. Me da pilas para cuatro horas y luego, dormir un rato. Por supuesto, para seguir otras cuatro con un poco de suerte y viento a favor.

Me quedé sin aula, pero aún me queda Incluyendo, el programa sobre discapacidad que conduzco y que se emite por Barricada TV; me queda Gacetillas Argentinas, aún con noticias atrasadas y me queda este blog que es mi comunicación con todas y todos ustedes.

Tal vez, sea la forma de intentar matar el no ser que me acosa y la esperanza de seguir viviendo en este cambalache, donde conviven la Biblia y el calefón...