Entre recuerdos y resistencias Un año más. No es poco. Aunque pinte el viejazo, como me está ocurriendo, sigo resistiendo en el medio de este berenjenal que algunos llama...

Entre recuerdos y resistencias

51

Un año más. No es poco. Aunque pinte el viejazo, como me está ocurriendo, sigo resistiendo en el medio de este berenjenal que algunos llaman mundo. Y los recuerdos aparecen como arte de magia en el medio de un balance imaginario. De Paternal a Caballito, hay genes que se importan pero que uno se da cuenta, tal vez, por cosas que le suceden en lo cotidiano.

Recuerdo el Fiat 1500 blanco de mi padre y esa estación de madera a la cual iba a ver los trenes cuando andaba en bicicleta. Resulta emblemático que todavía me acuerde de pasos, cosas y situaciones vividas en los 12 años transcurridos en el barrio de Raymundo Gleyzer. Sí, ahí nomás de la plazoleta que hoy lleva el nombre del cineasta desaparecido e ineludible referencia de mi presente periodístico. Y el tren siempre estuvo presente. Ahora, en Caballito. Pero sigo ansiando volver a las casas bajas, con fondo y con verde. No sé si lo lograré, pero al menos quisiera llegar a estar en alguna de ellas y rodeado de perros. Sueños que espero cumplir alguna vez.

Y el Che me sigue acompañando. Porque sigo luchando contra la injusticia. Contra la pobreza extrema. Contra el capitalismo. Contra el imperialismo y el sionismo. Y porque está lleno de amor. De lo contrario es imposible odiar, como dice el compañero y amigo Alfredo Grande.

Todavía sueño. Entré en la segunda parte de mi vida. Definitivamente. Iré más despacio. Ya no corro como antes. Pero todavía tengo la lucidez para ser preciso cuando ello es necesario. 51 años no es moco de pavo.

Y la vida es sueño, es canto y es alegría. Hoy celebro con algunas y algunos compañeros. Con otras y otros también habrá oportunidad. Para seguir soñando, cantando y alegrando nuestra existencia. Que, por supuesto, no es poca cosa en tiempos de relatos desleídos por una realidad candente y que lastima.