Los últimos Desde hace un tiempo, mi audición venía bajando mucho. A veces, mi equilibrio hacía piruetas y otras tantas, me llevaba sorpresas en la cal...

Los últimos

Audifonos

Desde hace un tiempo, mi audición venía bajando mucho. A veces, mi equilibrio hacía piruetas y otras tantas, me llevaba sorpresas en la calle. Escuchar e intervenir en una conversación ya era un verdadero sacrificio. Apenas me salvaba la lectura labial, en ciertas ocasiones, siempre y cuando no hubiese un ruido fuerte de fondo.

Si bien estoy acostumbrado a las dificultades que me ocasiona mi discapacidad auditiva, esta vez no podía dejar pasar mucho tiempo sin buscarle una solución a esa disminución que se hacía cada vez más profunda. Primero, descarté la existencia de algún tapón de cera u otra patología que obstruyese a ambos oídos. Una visita al otorrino y la realización de la audiometría y logoaudiometría empezaron a esclarecer lo que estaba pasando: la hipoacusia pasó de ser moderada a profunda.

Así nos encontramos con un oído derecho casi perdido y uno izquierdo que perdió bastante audición. La solución: audífonos nuevos. Los que tenía ya eran bastante viejitos. Duraron bastante, a decir verdad; uno, 17 años y otro, casi 10. En ese tiempo, la tecnología cambió mucho y tal vez podría continuar con otros.

Pero la realidad supera a la ficción. Son los últimos. De más potencia, por ahora, no existen y la posibilidad de quedarme sordo en unos cuantos años es alta. Lo único que me favorece es que no doy más clases, salvo alguna que otra charla a la cual me invitan. Pero el tiempo me apremia y tengo que tratar de continuar grabando programas para Incluyendo, antes que se acabe mi audición.

Parecerá que es tremendismo. Pero no lo es. Quienes tienen este tipo de discapacidad saben bien que, en alguna oportunidad, terminarán sin oír. Y eso me lo confirmó tanto mi médico como quienes me atendieron para la selección de los nuevos audífonos.

"El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos", canta Raymundo Fagner. Y es cierto. Pero eso no significa que se abandone la lucha o las actividades que cada uno viene realizando. Sin embargo, las limitaciones siguen apareciendo. Ahora puedo escribir solamente cuando mi cuerpo no me pida descanso. Lo mismo me pasa con ciertas actividades que excedan de las 4 horas.

No me desespera, pero me da bronca. Tampoco me intimida. Mucho menos, me da miedo. Simplemente se trata de asumirlo como pueda, para seguir andando en este mundo problemático y febril.

Pero sí tengo claro que son los últimos audífonos con los cuales podré comunicarme con muchas y muchos de ustedes. Y por supuesto, tengo una deuda pendiente: aprender la lengua de señas. Hace rato que lo tendría que haber hecho, pero nunca es tarde cuando la dicha es buena.

Serán los últimos, pero me acompañarán hasta el final. No importa cuanto tiempo, si 10 o 20 años, apenas el suficiente para poder seguir en la trinchera por un mundo mejor.