De la sodería a la Casa de la Memoria Nunca había estado. Conocía la historia de esa casita de Santiago al 2.800 en Rosario. También la de María Esther y Etelvino. Ambos eran ci...

De la sodería a la Casa de la Memoria

Ravelo Vega - Casa de la Memoria

Nunca había estado. Conocía la historia de esa casita de Santiago al 2.800 en Rosario. También la de María Esther y Etelvino. Ambos eran ciegos y fueron secuestrados por la dictadura cívico - militar de 1976. Nunca más se supo de ellos. Porque ni siquiera se apiadaron de quienes tenían algún tipo de discapacidad. No les importaba y encima se burlaban de aquellos que, a pesar de sus deficiencias físicas, supieron ponerle el pecho a la militancia.

Se cumplieron 20 años desde la recuperación de ese lugar histórico que se encontraba en manos de la Gendarmería Nacional y allí estaba en ese festival, mientras la lluvia y algún fascista que nunca falta intentaban opacar el festejo. Como militante por los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad entendí que no podía faltar. Debía estar. Un pueblo que olvida está condenado a repetir su pasado. Y en eso estamos quienes todavía luchamos por la vida, contra la muerte...

Precisamente se trataba de resignificar la historia. De no olvidar. Pasaron dos semanas, y a punto de terminar el año, que todavía las emociones fluyen. Estaba en una casa de militantes con discapacidad, mientras las fumigaciones hacen estragos y provocan una catarata de discapacidades en niños, jóvenes y adultos.

Los Ravelo Vega, al igual que muchas y muchos otros militantes, soñaban con una Argentina distinta. Y trataron de llevar a cabo ese proyecto como lo sintieron y vivieron. Eso es lo que no suele comprenderse. Pero todavía quedan esperanzas de construirlo. La juventud está tomando esa posta. Donde sea y como sea. No es poca cosa. Los talleres de la Casa son la excusa para seguir buscando el camino hacia ese sueño que parece perdido.

La sala "Hamlet Lima Quintana" fue el escenario de una jornada de alegría y memoria. Al llegar mi turno para hablar no me quedé mudo. Igual, confieso, el sudor frío me corría por la espalda. Pero pude resaltar que el colectivo que integro está vivo aunque invisibilizado por la sociedad y el Estado. Que la soja es una condena a muerte para muchas y muchos que viven o estudian cerca de las plantaciones que se fumigan. Que la discapacidad necesita de políticas de Estado y no, como siempre ocurre, de meros favores punteriles.

Hice memoria, los reivindiqué y pude irme contento. Había cumplido con otro sueño. Pero hay otro en camino: ese libro que compendie esas historias que pocas y pocos conocen. De la militancia de las personas con discapacidad en la década del ' 70 pocos hablan. Y hacia allí iré enfilando en los próximos meses.

Por ahora, María Esther Ravelo y Etelvino Vega presentes, ¡ ahora y siempre !.