Desde hace un tiempo, mi audición venía bajando mucho. A veces, mi equilibrio hacía piruetas y otras tantas, me llevaba sorpresas en la calle. Escuchar e intervenir en una conversación ya era un verdadero sacrificio. Apenas me salvaba la lectura labial, en ciertas ocasiones, siempre y cuando no hubiese un ruido fuerte de fondo.
Si bien estoy acostumbrado a las dificultades que me ocasiona mi discapacidad auditiva, esta vez no podía dejar pasar mucho tiempo sin buscarle una solución a esa disminución que se hacía cada vez más profunda. Primero, descarté la existencia de algún tapón de cera u otra patología que obstruyese a ambos oídos. Una visita al otorrino y la realización de la audiometría y logoaudiometría empezaron a esclarecer lo que estaba pasando: la hipoacusia pasó de ser moderada a profunda.
Así nos encontramos con un oído derecho casi perdido y uno izquierdo que perdió bastante audición. La solución: audífonos nuevos. Los que tenía ya eran bastante viejitos. Duraron bastante, a decir verdad; uno, 17 años y otro, casi 10. En ese tiempo, la tecnología cambió mucho y tal vez podría continuar con otros.
Pero la realidad supera a la ficción. Son los últimos. De más potencia, por ahora, no existen y la posibilidad de quedarme sordo en unos cuantos años es alta. Lo único que me favorece es que no doy más clases, salvo alguna que otra charla a la cual me invitan. Pero el tiempo me apremia y tengo que tratar de continuar grabando programas para Incluyendo, antes que se acabe mi audición.